Entrevista a Norberto Galasso y Horacio González
"La diferencia con el pasado está
en peligro. Hay que ampliarla y defenderla para reconstruir el país
y lograr una justicia más profunda."
Por Juan Esandi
Qué lujo verlos entrar por la puerta del Café de la Victoria,
el famoso reducto de Yrigoyen y Bolívar. Primero llega el entrañable
Norberto Galasso, historiador, referente de la corriente revisionista
e impulsor del Centro Cultural Enrique Santos Discépolo. Un rato
después aparece Horacio González, sociólogo, docente
de la UBA y actual director de la Biblioteca Nacional. Se saludan por
el nombre y se sientan en una mesa que da a la Plaza de Mayo. Los anfitriones
somos tres, Javier Nuñez, Edgar Starszy y este cronista. Como miembros
del equipo de redacción de la revista Barrios de Pie,
los invitamos a conversar sobre el mandato del presidente Néstor
Kirchner y las elecciones presidenciales. Galasso y González se
mostraron muy interesados y la entrevista terminó siendo una larga
charla de dos horas en la que se habló de las luces y sombras del
Gobierno, la concertación, el mito de la burguesía nacional,
los movimientos sociales, el peronismo, la falta de cuadros políticos,
Chávez y las dificultades del oficialismo para defender públicamente
sus proyectos.
—Un ex periodista de Página/12 definió
a Néstor Kirchner como "el presidente inesperado". ¿Cómo
evalúan este mandato que ya se está terminando?
Galasso: —Se pasó de una economía y un modelo financiero,
anti-industrialista, a un modelo de crecimiento con unas tasas muy interesantes.
La reivindicación de los derechos humanos. Marcan un avance. Y
la política latinoamericana. Todo esto en medio de las dificultades
de un Gobierno que no tiene cuadros políticos propios. Aunque hay
similitudes con el viejo peronismo: desde el principio Kirchner estuvo
buscando una burguesía nacional que no existe. Eso explica esta
conflictividad social que empieza a aparecer. El crecimiento económico
crea nuevas situaciones. El 70 por ciento de las quinientas empresas que
más venden son extranjeras. De Benito Roggio a Gelbard, o de Techint
a Miguel Miranda, hay una distancia apreciable. Eso obstruye una mayor
distribución del ingreso. Se ha revitalizado la política,
se han disminuido los índices de pobreza e indigencia, han empezado
a haber convenios colectivos. Si uno lo contrapone al menemismo, a la
dictadura genocida o a De la Rúa, incluso a Alfonsín, hay
un avance apreciable. Si busca lo óptimo, queda mucho por hacer.
González: —A muchos nos sorprendió el primer año
de gobierno. El gobierno era portador de ciertas novedades. De ciertas
diferencias. ¿Diferencia en qué? La reconstrucción
de la justicia ante casos de violaciones a la dignidad humana. Las irrupciones
del Presidente en instituciones militares parecían ser portadoras
de un símbolo justiciero. La diferencia venía con un personaje
que no era nuevo pero estaba dispuesto a un lenguaje nuevo. En este final
de mandato esa diferencia sigue existiendo pero ensombrecida por la demora
en la distribución de la renta. Y acosada por viejas fuerzas políticas
que señalan deficiencias comprobables y sostienen que este intento
de transformación, por más tímido que sea, tampoco
será posible en la Argentina. La diferencia existe pero está
en peligro. Hay que ampliarla y defenderla para reconstruir el país
en términos de una justicia más profunda, sin privarnos
de la crítica y la autonomía intelectual frente a los errores
del Gobierno, hasta errores de novato.
—¿Cómo cuáles?
González —Lo de Santa Cruz. A los ámbitos de dónde
surgen las decisiones yo los quisiera más colectivos, más
participados. Todo eso daría como resultado un gobierno menos sometido
a un oleaje nacional e internacional poblado de dificultades.
—Hace un año el oficialismo realizó el acto político
más grande desde que Kirchner es presidente. Ese día no
se notó el entusiasmo de otras épocas. Algún dirigente
K dijo al respecto que este Gobierno genera aprobación pasiva pero
no entusiasmo movilizante. ¿Comparte esa lectura? De ser así,
¿a qué la atribuye?
Galasso —El campo popular viene de derrotas, de frustraciones,
de desconfianzas. Y además Kirchner no llega a la Presidencia como
exponente de un gran partido, de un movimiento. Se lo suponía el
Chirolita de Duhalde. Todo eso dificulta recuperar el entusiasmo. La confianza
se expresa en las encuestas pero no en la movilización. También
el Gobierno tiene que ver: si avanza con algunas medidas importantes puede
ser que ese fenómeno de hasta cierta apatía empiece a desaparecer.
Pero también es difícil exigirle a un Gobierno que avance
en algunos temas cuando no tiene una organización propia. Por ejemplo,
se ve que el Gobierno quiere liquidar a las AFJP. Uno podría proponer
que las expropiara. No hace eso. Sin embargo, las debilita profundamente
al abrir la transferencia de gente para que vuelva al sistema de reparto.
Las golpea oblicuamente. Hay temas que provocarían consenso y consolidarían
la esperanza: una medida con respecto al petróleo. Esperemos que
el nuevo período presidencial, sea de él o de Cristina,
signifique una profundización de estas tendencias.
González: —El entusiasmo es un viejo concepto de los movimientos
de transformación. De la Revolución Francesa, de los jacobinos.
No hay que hacer jacobinismo todos los días, pero cierto tipo de
jacobinismo frente a las grandes burguesías y los grandes capitales
que amenazan cualquier alternativa independiente es necesario. Un jacobinismo
democrático. El entusiasmo crea posibilidades de acción,
enlaza la conciencia con el momento histórico, crea corrientes
de opinión. Y todo eso no está ocurriendo. Aun en el momento
de mayor entusiasmo con el Gobierno, ese entusiasmo estuvo teñido
por su problemática inserción en la tradición peronista.
El Presidente dio un paso para desprenderse de la alianza con Duhalde
y lo dio bañado de buena parte del mundo cultural que representaba
Duhalde. Tan valiente fue el gesto del Colegio Militar como demorada la
elaboración de justificaciones intelectuales. El Gobierno no cuenta
con un caudal argumental que explicite cuál fue la diferencia efectiva
que aportó en términos de democracia y transformación
social. No tiene esa aureola de entusiasmo que pueda resistir al trabajo
de los medios de comunicación: el modo en que se están tratando
cuestiones muy delicadas como el caso Skanska. Son formas anómalas
de funcionamiento de la política.
—¿No es un riesgo muy grande tomar como una práctica
ciertas formas de recaudación para hacer política? Porque
esas operaciones le dan a los grupos empresarios un poder casi de extorsión
sobre el Gobierno. Así es difícil que el Estado se anime
a afectar los intereses de esas empresas.
Galasso: —Y sí… es muy peligroso. Lo que pasa es que
el Gobierno tiene que sustentarse en algún lado. Si no se sustenta
en una gran movilización popular empieza a sustentarse en acuerdos
o en este tipo de maniobras o formas de operar, nada beneficiosas. Hablando
con gente cercana al Gobierno, dicen que Kirchner quiere hacer política
cotidianamente para estructurar una fuerza nacional con vistas a su vuelta
al poder con un movimiento organizado. No sé hasta dónde
es así, pero es evidente que la única forma de poder enfrentar
a las grandes empresas, a las presiones norteamericanas, es que tenga
un sustento en la calle. Eso es lo que está en déficit.
Pero es una responsabilidad de arriba y también de abajo: las fuerzas
que estiman que ésta es una posibilidad deben buscar coincidencias
para constituir un frente social.
—¿Se puede reconstruir el sistema político desde
arriba, para que haya un ala de centroizquierda y otra de centroderecha?
¿Los fenómenos sociales no surgen de otra forma?
González —Es así. Kirchner tiene una tendencia a
aludir a un encuadre de derecha y centroizquierda que es un encuadre de
tipo europeo. En Europa hace a la historia de esos países, de sus
revoluciones, de la forma en que estabilizaron su vida política.
En la Argentina pertenece al tipo de reflexión que haría
un Torcuato Di Tella, que está muy activo en promover ese pensamiento
y con un fuerte apoyo del Gobierno. Todos los artículos que leo
de Di Tella van en ese sentido. Yo no creo en ese tipo de construcción:
en la creación de una revolución desde arriba, de una transformación
desde arriba.
—¿Qué tipo de construcción le atrae más?
González: —No sé. Si uno se tomara el trabajo de
ver todo lo que ha dicho en plaza pública o en sus discursos no
forma un cuerpo integrado de ideas. Y no lo digo como una crítica.
Kirchner es un personaje vital, muy movedizo, inspirado, que responde
de una manera improvisada al conjunto de estímulos contradictorios
de la política argentina. A mí la transversalidad me convencía
mucho más. Implicaba un tipo de construcción más
desde abajo y con un fuerte diálogo de todas las corrientes populares
del pasado inmediato. Lo cual involucraba la cuestión del peronismo,
lo que alteraba todos los esquemas abstractos de centroizquierda y centroderecha.
En su estado actual, fuertemente empírico, el peronismo sigue teniendo
mucha vigencia: como partido de Estado, como poderes regionales, con un
estilo muy argentino de ver la política como un sistema de canjes
y como oportunidades para un núcleo de personas que no es pequeño.
Kirchner percibió el problema y lanzó el concepto de transversalidad.
Después puso en circulación otro, la concertación,
la búsqueda de una alianza con un sector del radicalismo. Me parece
un juego de muy corto plazo. No le resto interés pero había
una oportunidad explícita de renovar la vida política. Se
podía haber estimulado la construcción de nuevas corrientes
políticas. Se dejó pasar la oportunidad.
González —Muchas corrientes políticas que acompañan
al Gobierno están ante una encrucijada. Tienen que elaborar de
una manera más sutil su arquitectura de ideas. Esas corrientes
suelen dar mucha relevancia al peso de los ’70 en la interpelación
política. Para mi los ’70 son como un altar en penumbras
de la política argentina. Como un libro de cabecera, uno consulta
y coteja. Pero un setentismo obligatorio y ortodoxo tampoco puede ser.
A veces los grupos políticos que acompañan al Gobierno desde
un mayor énfasis setentista deberían acudir a la memoria
del pasado pero renovándola y reconstruyéndola. Este mundo
ofrece nuevas alternativas y nuevos peligros. Lo digo por muchos grupos
políticos y por mí también.
—En el ala izquierda del oficialismo, si se la pudiera llamar
de esa forma, hay un debate implícito sobre cuál debería
ser el rol que deberían cumplir los movimientos kirchneristas.
Si es defender a rajatabla al Gobierno siendo los soldados de Kirchner,
o apoyar al Gobierno con una línea más autónoma con
decisiones puntuales que se oponen a la línea oficial en algunos
temas.
Galasso —Lenin decía “golpear juntos y marchar separados”.
Hay que enfocar toda la artillería contra la derecha macrista y
la derecha de la doctora Carrió. Acompañar todo lo que sea
importante, resguardando la independencia.
González: —En la Argentina hay muchas experiencias de alas
izquierdas de movimientos populares. Hay que releerlas. No hay que convertirse
en profesionales del ala izquierda del movimiento popular. Aunque yo me
siento un poco destinado a eso. Pero hay que hacerlo con prudencia. Frente
a la complejidad del presente, no hay que poner el obstáculo de
una noción muy rutinaria de movimiento social de izquierda. El
Presidente de un movimiento como el que nosotros tratamos de definir aquí
es un primus inter pares. No es una figura que cayó de un meteorito
en el conflicto social que va a resolver mágicamente. Si Kirchner
puede ser eso, el movimiento que acentúe las consignas más
transformadoras se debería mover sin conceptos como “orden
del Presidente”. Todo debería surgir de un modo más
dialogado. Así sería más fácil actuar ante
el factor Quindimil. Pero todos nos debemos una explicación de
la perduración por cinco décadas de una figura supuestamente
tan cuestionada. Lo mismo sobre la mal llamada burocracia sindical. Nos
hemos equivocado muchas veces creyendo que era fácil juzgar determinadas
experiencias políticas. Pero esas experiencias también tienen
raíces sociales. Y a veces tienen más raíces sociales
que nosotros, que creemos tener mucha representatividad. Todo eso tiene
que ser puesto en las mesas de las discusiones.
—¿Qué significa que la próxima presidenta
pueda llegar a ser Cristina?
Galasso: —Yo creo que sería una continuidad. Y él
incidiría bastante. Además, en los próximos cuatro
años va a jugar mucho la situación latinoamericana, que
es vertiginosa y obliga a definiciones. Recordemos que el punto más
alto de Kirchner fue Mar del Plata con el asunto del ALCA.
—Cristina parece mucho menos entusiasta con Venezuela y Chávez.
Galasso: —Sí, puede ser. El gobierno también ha hecho
sus corrimientos en el caso Irán, más las vinculaciones
de ella en los Estados Unidos. Pero por otro lado ella inaugura la Feria
del Libro hablando de Jauretche, algo poco común en la Argentina.
También lo que está haciendo Chávez ofrece nuevas
perspectivas a medida que pasa el tiempo, sobre todo lo que pasó
con Techint. Es el mismo problema que tenemos con los grandes consorcios.
Que venden demasiado afuera y descuidan la demanda interna. Yo recuerdo
que la última vez que lo vi a Germán Abdala planteaba “¿comunidad
organizada y pacto social con quién? ¿Con Pérez Companc?”
La situación no ha cambiado mucho.
—Hay quienes hacen comentarios despectivos hacia los movimientos
sociales K: para algunos son demasiado lúmpenes para la construcción
política que imagina una parte del kirchnerismo. ¿Cuál
debería ser el papel de esos movimientos populares?
González —Puedo dar una respuesta en la medida que
los conozco, que es poco. En primer lugar no me parece aconsejable la
expresión lumpen.
González —Esa calificación está en
discusión. En el mejor sentido de esa discusión. La multiplicidad,
la heterogeneidad a la que alude ese concepto obliga a refinarlo siempre.
Por la tradición del uso de la expresión lumpen que hay
en la Argentina. Más despectivo por un lado y más fácil
por otro. Cualquier persona gritando en la calle una consigna de vestimenta
popular parece lumpen. La construcción de la política sobre
un modelo de subsidio a la desocupación no es interesante. Aunque
la subsistencia de algunos de esos elementos tampoco debe motivar a que
se lo condene. Lo más importante es que construya sobre la base
del entusiasmo, es decir la autonomía de los grupos políticos
que hagan verosímil su apoyo al Gobierno. Se puede ir a la Casa
Rosada y hablar con los funcionarios por parte de los movimientos populares.
Lo que no se puede es obtener ahí orientaciones cotidianas y de
construcción política. Porque sería algo que redundaría
en contra del movimiento social y de aquellos propios funcionarios que
tuviesen la expectativa de manejar movimientos sociales como aprietan
el botón del teléfono. Como sospecho que en alguna parte
existe esa expectativa por parte de muchos funcionarios, eso tiene que
se sometido a la discusión también.
Galasso –Lo social tiene un techo. Con todo lo que ha pasado, hay
que constituir un movimiento político. Hay que tratar de pegar
ese salto. Desde distintos lugares. La caída de la desocupación
y el crecimiento económico van a generar cambios importantes en
el sindicalismo. Van a tener una presión desde abajo cada vez más
fuerte al ver que empiezan a haber convenios colectivos y hay más
ocupación. Esos cambios van a demostrar que esa lectura que consideraba
que los trabajadores ya no serían el sujeto social de la transformación
estaba equivocada. También entre los sectores medios hay una actitud
distinta. No sólo se puso en cuestionamiento a los políticos
sino también al mundo intelectual oficial. Son fenómenos
promisorios.
—¿Este es un gobierno desarrollista, al que le interesa
el desarrollo económico y no le preocupa tanto la distribución
del ingreso? ¿O es muy gradualista?
Galasso —Está a mitad de camino. La estructura
económica industrial está muy tomada por el capital extranjero.
Lo que pretendía Frondizi Kirchner lo recibe así. Es un
obstáculo a la distribución. Las intenciones del Presidente
o las posibilidades de poder avanzar o profundizar son bastante inciertas
en este terreno. El crecimiento económico en base al capital extranjero.
Implica drenaje de divisas e una presión muy fuerte en el terreno
salarial. Si esto es algo que se recibió de herencia, hay que buscar
un respaldo popular para pensar en corregirlo. El caso de las AFJP es
un avance.
González: —Hay una composición de tipo desarrollista
en el Gobierno. El desarrollismo tuvo un cuerpo doctrinario en el que
participaron hombres como Scalabrini y Jauretche. El desarrollismo era
una hipótesis de alianza con los capitales que venían a
explorar el petróleo. Pero entonces subsistía YPF. La no
existencia de YPF, el desmantelamiento de los ferrocarriles argentinos,
la operación de Aerolíneas Argentinas por otras compañías
españolas y el modo volátil en el que se establecen las
alianzas de distintas formas de capital… Todo lo heredado impide
hacer una política desarrollista cabal. Lo que pedimos es lo que
las rugosidades de la historia argentina permite pedir: mayor energía
en la reconstrucción del patrimonio público en el sector
de la energía y en las comunicaciones. Se tomaron decisiones que
podrían no haberse tomado, como las fabulosas concesiones a los
multimedios. Menciono la existencia del canal Encuentro. Son pequeñas
joyas de las que hay que agarrarse. Este nuevo capítulo kirchnerista
en lo sucesivo deberá tener mayores aciertos que errores.
—Quienes conocen a Kirchner dicen que él odia sentir
presiones corporativas. Se suele comentar que odia las presiones corporativas
y que por corporaciones entiende a todos los grupos de interés
que recorren la sociedad. Desde las grandes empresas, los sindicatos,
los gobernadores, el PJ, los medios de comunicación, incluso los
movimientos sociales son tomados en algunos momentos como una presión
corporativa. Ese tipo de pensamiento, de igualar todos los grupos de interés
como si todos fueran presiones corporativas ante un Presidente y un Estado
impoluto, ¿no diluye el famoso conflicto entre capital y trabajo?
Galasso —Si fuera así sería bastante lamentable.
Una especie de bonapartismo general no podría conformar el proyecto
al que aspiramos. Las grandes fuerzas económicas operan, la reacción
del Presidente pidiendo por Techint a Chávez está hablando
de que están cerca del poder. Esas fuerzas funcionan más
organizadas que el campo popular. El peligro de este planteo sería
ir respondiendo más en definitiva al que presiona más. Yo
no puedo sacar todavía una opinión sobre las características
personales del Presidente. Espero que tome lo mejor de la experiencia
del peronismo…
—¿Qué es lo mejor del peronismo?
Galasso —Lo mejor es del 17 de octubre en adelante, lo
mejor es el pueblo. El pueblo protagonizando.
—El peronismo, como cultura política, ¿no tendió
siempre a concentrar todo en el líder y que las masas lo siguieran?
Galasso —Sí, pero el líder tiene que relegitimar
y revalidar permanentemente ser líder. Perón se corría
de un lado a otro del espacio nacional respondiendo a los reclamos. Ningún
líder puede seguir siéndolo sino responde a las presiones
de abajo. En una época esas presiones del mundo del trabajo llegaban
a través de Evita. Evita era el puente a través del cual
la CGT planteaba reclamos. Perón los satisfacía y después
trataba de contemplar de qué modo podía compensar a los
sectores industriales para que pudieran pagar mayores salarios. Lo hacía
de la misma forma en que lo hace el Gobierno con las retenciones, sacando
recursos de las exportaciones y de la diferencia de costo del sector agropecuario.
Era un pacto social con empresas industriales en crecimiento que entendían
que para que haya crecimiento tenía que haber demanda interna.
Si Techint vende el 85 por ciento afuera, a lo mejor le interesa que haya
bajos costos, nada más. Si no hay demanda interna es muy difícil
orquestar ese frente policlasista.
González: —Perón tenía una doctrina
sobre cómo hacer un balance entre las distintas presiones sociales
y económicas. Llamaba conducción política a un balance
entre distintas presiones dirimido por la autonomía de la conciencia
del líder. Esa época no es la que estamos viviendo ni sería
aconsejable reproducir el mismo esquema. A las grandes fuerzas mundiales
hay que leerlas, releerlas y responderles adecuadamente. La Argentina
tiene que tener una posición sobre la guerra de Irak. La política
internacional que hoy maneja Cristina, de visitar a todos los candidatos,
no me parece mal. Es un juego electoral. Pero hay que decir cosas sobre
la Europa hacia el centroderecha y la derecha que vemos hoy, los inmigrantes,
la situación de Irak. No hace falta ser un izquierdista o un gran
revolucionario: muchos gobiernos o personajes insospechables de querer
ninguna gran transformación mundial tienen críticas efectivas.
—Rodríguez Zapatero por ejemplo.
González —Sí. El gobierno argentino está
en deuda respecto de decir cosas más claras que no son muy costosas.
Y lo mismo en la posición frente a Brasil y Chávez, que
son muy diferentes pero es el eje latinoamericano. Lula se ha establecido
en un gran capitalismo brasileño, confiable en términos
internacionales, con un sesgo hasta cierto punto imperial. Pero el diálogo
es posible porque no en vano Lula proviene de un movimiento de transformación.
No soy partidario de abandonar esa noción sobre Lula. Se pueden
hacer críticas. Lo mismo con Chávez, a quien le tengo una
fuerte simpatía pero no es un estilo adecuado para la Argentina.
La diferencia con Chávez es que los sectores que apoyan a un gobierno
popular en la Argentina no aceptarían el tipo de movilización
simbólica tan enfática que hace Chávez. Con Simón
Rodríguez, con un Bolívar muy mediato, con un presidente
que memoriza la carta de Bolívar, que canta un bolero, que tiene
un tipo de lenguaje donde mezcla la tradición socialista con la
evangélica. No porque sea un socialcristiano sino porque hay un
evangelismo popular con una fuerte apelación a la movilización
social.
Galasso —Pero también menciona a Plejanov.
González —Muchos de nuestros alumnos de Ciencias
Políticas no conocen tan bien a Gramsci como lo conoce Chávez.
En la Argentina ese tipo de totalismo doctrinario no sería conveniente.
Porque ésa es la experiencia del peronismo, del cual Chávez
habla más que Kirchner. Chávez es un citador de Perón
y Kirchner no cita, tiene una inspiración metafórica propia:
el infierno, el purgatorio y se agotó allí. El gobierno
argentino debe encontrar una inspiración metafórica que
no sea la apelación bolivariana ni la comunicación sentimental
y popular que propone Chávez. Hay que crear otra, equivalente pero
con los elementos de la historia argentina.
—Los elementos que usa Chávez, la cultura popular, la
identidad local, el humor, ¿no podrían servir para que los
sectores populares sintieran cierta identificación con quien los
supiera usar? La sensación de que “es uno de nosotros”.
González —Sí, pero no podés tirarte
encima de los sectores medios. Y no me refiero a los sectores que siempre
escucharon el mensaje de las oligarquías históricas y fueron
receptivos a eso. Me refiero a los sectores medios más popularizados,
que también tienen una educación sentimental que haría
conveniente crear símbolos de movilización que sean propios
a ese reclamo. Kirchner se basa en su inspiración, en su improvisación,
su discursividad es un poco áspera. Me gusta su énfasis
dramático cuando reclama ayuda, aunque el reclamo es impreciso
porque tendría que volcarse a la construcción de una fuerza
popular. Me parece adecuado a la situación. La situación
no es fácil, el Gobierno parece que la tenía fácil
y ahora se demuestra que no.
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